Hace algunas semanas me llegó un pedido inesperado: escribir el prólogo de la biografía no autorizada de Víctor Stinfale, escrita por Carlos Fernández. Mi primera reacción fue de sorpresa. No por el honor —que lo es— sino por la pregunta inevitable: ¿por qué yo?
La respuesta fue tan simple como inquietante: «porque tenés un perfil parecido».
Un nombre casi mítico
Stinfale siempre fue, para mí, un nombre fuerte dentro del mundo penal. Lo admiré antes de conocerlo, incluso antes de entender del todo quién era. Lo admiré como se admira a los que no transitan el camino recto, sino el que bordea el abismo; a quienes ejercen la defensa penal no como un trámite, sino como una posición ideológica frente al poder punitivo del Estado.
Yo mismo solía decir —en entrevistas, en charlas, a veces provocando deliberadamente— que por el monto adecuado defendería incluso al violador de mi hija y lograría su absolución. No era una frase sobre moral. Era una frase sobre rol: sobre la radicalidad que exige comprender qué significa verdaderamente ser defensor.
Una vez, al escucharme, alguien me dijo: «parecés Stinfale».
La referencia era clara: aquel día en que Víctor dijo que hubiera defendido a Hitler. No como reivindicación del mal, sino como afirmación brutal del principio de defensa técnica sin concesiones.
Lo que esa frase realmente dice
Hay frases que escandalizan porque tocan un nervio que la sociedad prefiere no examinar. La de Stinfale es una de ellas.
Defender a Hitler no significa aprobarlo. Significa sostener que el derecho de defensa no es un privilegio de los inocentes ni de los simpáticos. Significa que sin defensa técnica real, independiente y sin concesiones al clima moral del momento, no hay proceso justo. Solo hay linchamiento con toga.
Esa idea, llevada hasta sus últimas consecuencias, es la que marca a los penalistas de verdad. El defensor no elige personas. Defiende derechos. Y esa distinción —aparentemente simple— es la que muy pocos están dispuestos a sostener cuando la presión mediática, la opinión pública o el expediente político apuntan en la dirección contraria.
Stinfale la sostuvo. Con coherencia brutal y a un costo personal enorme.
Por qué acepté
No soy Stinfale. Mi carrera es distinta, mi recorrido es distinto y los tiempos que me tocaron también lo son. Pero hay algo en esa concepción del derecho penal que reconozco como propia: la defensa como último dique frente al poder punitivo, el abogado penalista como figura incómoda, necesaria y muchas veces incomprendida.
Escribí este prólogo porque creo que algunos elegimos este camino sabiendo que no es el más fácil ni el más querido. Porque entiendo que los ejemplos no se imitan: se estudian, se discuten y, con el tiempo, se intentan honrar.
Este libro no es solo la biografía de un abogado. Es el recorrido de una forma de ejercer la profesión. De asumir el costo de pensar distinto. De sostener, aun en los peores contextos, que sin defensa no hay justicia.
Vale la pena leerlo.
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