Hay una tendencia creciente en el foro argentino que me incomoda y que creo que merece ser dicha en voz alta: la informalidad en el ejercicio de la profesión de abogado está siendo tolerada, naturalizada y en algunos círculos hasta celebrada como signo de modernidad.
No lo es.
Las formas no son accesorias
El derecho es, en buena medida, forma. El proceso existe porque la forma existe. Una notificación mal practicada es nula. Un plazo vencido es fatal. Una firma ausente invalida. Nadie discute eso.
¿Por qué entonces tratamos la presentación personal del abogado como un detalle menor, como una cuestión de gusto individual, como algo que «no debería importar»?
Importa. Y mucho.
El abogado no concurre al tribunal en nombre propio. Concurre en nombre de su cliente, en ejercicio de una función que el propio ordenamiento jurídico reconoce y regula. Los códigos procesales son explícitos: al abogado se le debe el mismo respeto y consideración que al juez. Esa equiparación no es protocolar. Es estructural. Refleja el lugar que la defensa ocupa dentro del sistema de justicia.
Si el ordenamiento nos coloca a ese nivel, la pregunta es inevitable: ¿cómo esperamos ese respeto si no asumimos la responsabilidad que viene con él?
El traje es una declaración
Presentarse correctamente vestido ante un tribunal no es vanidad ni rigidez. Es coherencia. Es decirle al juez, a la contraparte, al cliente y a la sociedad: entiendo dónde estoy, entiendo qué hago y asumo la gravedad de lo que está en juego.
Un abogado que ingresa a una audiencia con ropa informal no está siendo auténtico ni cercano. Está siendo descuidado. Y el descuido en las formas genera, inevitablemente, una pregunta sobre el fondo: si no le importa cómo se presenta, ¿le importa cómo argumenta?
La imagen profesional no es superficial. Es el primer argumento que hacemos antes de abrir la boca.
Sobre las togas: no gracias
En sentido contrario, hay quienes proponen avanzar hacia el uso de togas o atuendos similares a los que se usan en otros sistemas jurídicos — el británico, el francés, algunos latinoamericanos. La idea tiene cierto atractivo estético y una lógica de distinción que entiendo.
Pero no la comparto.
La toga no forma parte de nuestra historia jurídica ni de nuestra idiosincrasia. El foro argentino construyó su identidad profesional sin ella. Importar una vestimenta de tradiciones que no son las nuestras no nos hace más serios: nos hace ajenos a nosotros mismos. Es un disfraz, no una identidad.
Lo que necesitamos no es una toga. Es la recuperación de algo más simple y más nuestro: el traje oscuro, la camisa, la presencia digna de quien sabe que está ejerciendo una función pública aunque trabaje en el ámbito privado.
Una profesión que se defiende desde adentro
La abogacía atraviesa una crisis de prestigio social que todos percibimos y pocos quieren nombrar. Las causas son múltiples y complejas. Pero una de ellas — menor tal vez, pero no insignificante — es que hemos cedido terreno en las formas mientras reclamamos respeto en el fondo.
No se puede pedir que la sociedad valore la función del abogado si los propios abogados la tratan como cualquier otra actividad, intercambiable en sus rituales y sus símbolos con cualquier otra ocupación.
El traje no hace al abogado. Pero el abogado que entiende su rol lo usa.
Porque las formas no son vanidad. Son el primer signo visible de que algo serio está ocurriendo. Y en un tribunal, siempre está ocurriendo algo serio.
Dr. Lucas Bianco
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