Estamos “viviendo el futuro”: el impacto de la inteligencia artificial
Durante décadas imaginamos el futuro como algo lejano. Robots, inteligencia artificial, trabajos automatizados y máquinas capaces de tomar decisiones parecían pertenecer al terreno de la ciencia ficción.
Sin embargo, ese futuro ya llegó.
En una reciente entrevista con The Economist, Elon Musk volvió a plantear una idea tan ambiciosa como inquietante: la inteligencia artificial y la robótica podrían transformar por completo la economía, automatizando una parte sustancial de las tareas que hoy dependen del trabajo humano.
Podemos discutir los plazos. Podemos dudar de algunas de sus predicciones. Pero resulta cada vez más difícil negar la dirección del cambio.
Ya estamos viviendo el futuro.
La Argentina no quedará al margen de esta transformación. Como ocurrió con Internet, los teléfonos inteligentes y las plataformas digitales, la inteligencia artificial modificará progresivamente la forma en que producimos, trabajamos, nos capacitamos y ofrecemos servicios.
Muchas tareas administrativas, repetitivas o estandarizadas perderán valor. Otras desaparecerán. Y surgirán nuevas actividades que hoy apenas comenzamos a comprender.
La abogacía tampoco será una excepción.
Redactar un contrato, resumir un expediente, buscar jurisprudencia, ordenar documentación o elaborar el primer borrador de un escrito será cada vez más rápido, accesible y económico.
Aquello que durante años representó una ventaja profesional estará al alcance de casi todos.
Pero esto no significa necesariamente el fin del abogado. Significa el fin de una determinada manera de ejercer la abogacía.
La inteligencia artificial puede procesar información, detectar patrones y proponer respuestas. Pero todavía existe una diferencia sustancial entre producir un texto jurídicamente correcto y comprender verdaderamente un conflicto.
El ejercicio profesional exige algo más.
Exige saber qué estrategia elegir, qué argumento descartar, cuándo negociar, cuándo litigar, cómo leer el contexto, cómo comprender a un juez, cómo acompañar a un cliente y cómo anticipar las consecuencias de cada decisión.
Eso es criterio.
Y el criterio no surge solamente de acumular información. Se construye con experiencia, estudio permanente, formación, intuición profesional y conocimiento profundo de una materia.
Por eso, el abogado del futuro no será necesariamente quien más datos conozca. La información estará disponible para todos.
El verdadero valor estará en quien sepa interpretarla, jerarquizarla y utilizarla mejor.
En este nuevo escenario, la especialización será decisiva. Cuanto más automatizadas sean las tareas generales, mayor será el valor de los profesionales capaces de intervenir en situaciones complejas, inciertas o excepcionales.
La inteligencia artificial reducirá el valor de muchas tareas básicas, pero aumentará el valor del pensamiento estratégico.
El desafío, entonces, no consiste en competir contra la tecnología, sino en aprender a utilizarla sin renunciar a aquello que define el verdadero ejercicio profesional.
Estamos viviendo el futuro.
Y para el colega abogado, ese futuro tendrá dos palabras fundamentales: especialización y criterio.
Dr. Lucas Bianco
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