Hay una distinción que pocas veces se nombra pero que cualquiera que haya pasado tiempo en el foro reconoce de inmediato: no todos los abogados ejercen de la misma manera. No me refiero a la calidad técnica ni al área de especialidad. Me refiero a algo más profundo y más difícil de definir.
Hay quienes ejercen la abogacía como un modo de ganarse la vida. Lo hacen bien, con honestidad, con dedicación. El derecho es su trabajo y no hay nada malo en eso.
Hay quienes la ejercen como un placer. Disfrutan el expediente, el debate, la audiencia. El derecho los entretiene y los estimula. Tampoco hay nada malo en eso.
Y hay otros — somos menos, creo — que la sufrimos.
No en el sentido vulgar de la queja o el agotamiento. En el sentido más antiguo, más preciso y más cargado de esa palabra.
Pasión
La palabra pasión viene del latín passio, que a su vez traduce el griego pathos: aquello que se padece, lo que se recibe, lo que nos atraviesa sin que podamos evitarlo. No es lo que elegimos sentir. Es lo que nos sucede.
La Pasión de Cristo — en el sentido teológico y narrativo que la tradición cristiana le dio — no es un acto de heroísmo voluntario en el sentido moderno. Es un padecimiento. Es dejarse atravesar por algo que duele, que agota, que destruye parcialmente, porque hay algo del otro lado que lo justifica. No la gloria inmediata. No el reconocimiento. Sino una verdad que no puede abandonarse sin traicionarse a uno mismo.
Eso es lo que algunos sentimos frente al derecho penal.
El expediente que no te suelta
El abogado que ejerce con pasión — en este sentido — no cierra el expediente cuando sale de la oficina. Se lo lleva. Lo piensa en la cama, en la ducha, en el medio de una conversación que no tiene nada que ver. El caso del cliente lo habita de una manera que no es profesional en el sentido clásico: es casi física.
No porque sea desorganizado o no sepa separar el trabajo de la vida. Sino porque hay algo en la injusticia — real o percibida — que no le permite la indiferencia. Que lo obliga a seguir buscando, a releer el fallo una vez más, a encontrar el argumento que todavía no encontró.
Eso no es virtud necesariamente. A veces es un tormento. Pero es constitutivo de una cierta manera de entender para qué sirve el derecho.
El costo de tomárselo en serio
La pasión tiene un precio. El abogado que sufre su profesión no puede defender causas que no cree. No puede firmar escritos que lo avergüenzan. No puede cerrar acuerdos que sabe injustos solo porque son convenientes. Cada vez que lo hace — y a veces hay que hacerlo, la vida real es así — algo en él se resiente.
El abogado que ejerce por placer o por sustento puede separar mejor esas aguas. El que ejerce con pasión no puede. Porque para él el expediente no es un objeto externo: es parte de lo que él es mientras lo trabaja.
Eso genera roces. Con el sistema, con los clientes, con los colegas que no entienden por qué uno no acepta ciertos arreglos o por qué uno insiste en un argumento que «no va a prosperar». La pasión es incómoda para los que la rodean porque no respeta del todo las convenciones del pragmatismo profesional.
Lo que la pasión hace posible
Y sin embargo.
Sin abogados que sufran su profesión, el derecho se vuelve administración. El proceso se vuelve trámite. La defensa se vuelve gestión.
Es el abogado que padece su causa el que encuentra el argumento que nadie buscó. El que lee el expediente por decimoquinta vez y en esa lectura encuentra lo que cambia todo. El que entra a la audiencia con algo que va más allá de la preparación técnica: con una convicción que el tribunal percibe aunque no pueda medirla.
La pasión no garantiza el éxito. Cristo tampoco triunfó en el sentido inmediato y visible de la palabra. Pero algo dejó que ningún otro método habría podido dejar.
Una vocación que elige
No elijo sufrir el derecho porque sea noble o porque busque el martirio. Lo sufro porque no puedo ejercerlo de otra manera sin sentir que estoy traicionando algo esencial.
Hay abogados que duermen bien todas las noches. Yo los respeto. Hay noches en que los envidio.
Pero hay algo que sé con certeza: las mejores cosas que hice en esta profesión las hice desde ese lugar incómodo, tenso y a veces doloroso que es tomarse en serio lo que está en juego.
Eso es la pasión. No el entusiasmo. No el placer. El padecimiento voluntario de algo que importa demasiado como para dejarlo ir.
Dr. Lucas Bianco
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