Si alguien me preguntara qué es lo que más me gusta del Derecho, probablemente esperaría una respuesta relacionada con la estrategia, la argumentación jurídica o el desafío intelectual que implica defender un caso complejo.
Sin embargo, mi respuesta sería otra.
Y, curiosamente, no es una respuesta original.
La escuché hace muchos años en Philadelphia, la extraordinaria película protagonizada por Tom Hanks y Denzel Washington.
En una de las escenas más memorables, Joe Miller, el abogado interpretado por Denzel Washington, le pregunta a Andrew Beckett:
—¿Qué es lo que más le gusta del Derecho?
La respuesta es tan sencilla como profunda:
«Que, de vez en cuando —no muy seguido, pero alguna vez— uno tiene la oportunidad de formar parte de que se haga justicia. Y cuando eso ocurre, realmente es algo extraordinario.»
Siempre pensé que esa frase resume la esencia de nuestra profesión mejor que muchos tratados de Derecho.
Y lo hace precisamente porque no es ingenua.
Beckett no dice que la justicia siempre triunfa. Ni siquiera dice que ocurra con frecuencia.
Por el contrario, comienza con una advertencia: «no muy seguido».
Quienes ejercemos la abogacía sabemos que esa es una gran verdad.
La mayor parte de nuestro trabajo transcurre entre expedientes, audiencias, escritos, plazos, prueba, jurisprudencia y una burocracia que muchas veces parece interminable. Hay derrotas, frustraciones y decisiones difíciles de comprender.
La justicia no siempre llega. Y, cuando llega, a veces lo hace demasiado tarde.
Pero existen esos momentos excepcionales.
Cuando una persona recupera su libertad.
Cuando un inocente evita una condena.
Cuando una víctima obtiene una reparación.
Cuando una familia encuentra una solución después de años de conflicto.
Cuando un derecho deja de ser una promesa escrita y se convierte en una realidad para alguien.
Esos momentos son escasos.
Pero bastan para recordar por qué elegimos esta profesión.
Los abogados no administramos justicia. Esa tarea corresponde a los jueces. Tampoco podemos garantizar el resultado de un proceso.
Lo que sí podemos hacer es estudiar, prepararnos, construir la mejor estrategia posible y defender con honestidad y convicción los derechos de quien deposita su confianza en nosotros.
A veces ganaremos.
Otras veces no.
Pero, de vez en cuando, tenemos el privilegio de participar en algo mucho más importante que una victoria procesal.
Tenemos el privilegio de contribuir a que se haga justicia.
Y quizás esa sea la razón por la que, después de más de dos mil quinientos años de historia, la abogacía sigue siendo una de las profesiones más nobles que existen.
No porque siempre haga justicia.
Sino porque, cuando la justicia finalmente aparece, el abogado tiene el inmenso honor de haber formado parte del camino para alcanzarla.
Lucas Bianco
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